La vida retirada (relato breve)
LA VIDA RETIRADA
José J. Berbel Rodríguez
|
"¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruïdo y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!" Fray Luis de León |
"Por más que la dicha busco, vivo penando y cuando debo quedarme, viday, me voy andando. A veces soy como el río llego cantando y sin que nadie lo sepa, viday, me voy llorando. Es mi destino, piedra y camino. De un sueño lejano y bello, viday, soy peregrino". Atahualpa Yupanqui |
Hay días soleados, como de pleno verano aunque la fecha sea, según el calendario, de helado mes de enero. Días luminosos como los destellos radiantes de los ojos de los enamorados, cuando se miran extasiados. Días espumosos, como el mar cuando suspira por besar las ardientes arenas de la orilla. Un día de esos en que la vida parece alegría, esperanza y felicidad, pero no dolor, desesperación y tristeza. Albert Husserbald empezó a caminar por un estrecho camino de tierra, poseído por esta energía vital que transmitía el ambiente de aquella soleada jornada en el litoral mediterráneo, en un paraje cuyo nombre no podía decir, porque ni siquiera tuvo el interés de memorizarlo, pero que le resultaba tan insólito como extraño, sobre todo a él que procedía de la lejana ciudad de Munich.

Lo único cierto era que un amigo le habló de aquella provincia del sur de España, donde todavía se ocultan rincones casi intactos a la industria y la desfiguración terrible que los humanos suelen imponer al paisaje. Y sin poder explicarse con exactitud todos los motivos que le impulsaron a ello, una brumosa tarde muniquesa decidió tomar un vuelo chárter y huir del despacho gris, del ordenador permanentemente encendido y del fax, que anunciaba con estridente chirrido la llegada de un nuevo informe de contabilidad de una empresa automovilística de fama internacional... pero, sobre todo, las estresantes jornadas laborales, que se prolongaban hasta bien entrada la noche; el agobio, la amargura y el angustioso sentimiento de desamparo...
Albert se dejó impregnar de sol; una luz de sol que atravesó el tejido de su desabrochada camisa blanca y empezaba a calarle el pecho y la espalda. Respiró profundamente. En sus cincuenta años de edad nunca se había sentido así: libre de cemento y asfalto, desnudo de soberbia y vanidad, despojado de falsas riquezas, devuelto, en suma, a su simple y natural condición de hombre de carne y hueso. Anduvo por el estrecho camino de tierra rebosante de pequeñas piedras que se le incrustaban entre las sandalias y las plantas de los pies; pero eso no le dolió nada, sino al contrario le sirvió para despertar del sueño que creía estar disfrutando.
En lo alto del cerro al que conducía el estrecho camino de tierra, oteando los cuatro puntos cardinales, Albert halló paroxismo y éxtasis, un puro edén, un oasis de libertad: la colina poblada de tomillo, amapolas, matorrales de esparto y azufaifos; la llanura habitada de agaves, pitas, chumberas y alguna que otra palmera; las ruinas de un torreón (vestigio inequívoco de antiguos combates y batallas); el mar, azul, tranquilo, luminosamente adornado de las olas que brillaban igual que perlas blancas en el cuello de una mujer hermosa.
Varias horas pasó dándole vueltas a la cabeza, meditando largo y tendido sobre qué hacer con su futuro a partir de ese instante que estaba viviendo con máxima intensidad; primero, de pie, y después, sentado sobre una gran piedra en la cima del cerro. Y resolvió quedarse para siempre allí, buscar un sitio donde alojarse, alguna casita de esas casi africanas o morunas que tanto le habían llamado la atención cuando aterrizó en la comarca. Aunque, provisionalmente, no había otro remedio que permanecer en el pequeño y sucio hotelito de la localidad más cercana a aquel paraje.
El repentino resplandor rojo del ocaso le avisó de la inminente llegada del anochecer. Con desgana emprendió el regreso, pero según bajaba el cerro se le fue llenando el alma de esperanza de nueva vida, de proyectos de futuro diferente... Y entró en su habitación sin ni siquiera pasar por el comedor: de ilusionado que estaba no le apetecía cenar nada.
* * *
"Accidente Cardiovascular. Sí, eso; ha sido un ACV" dictaminó el médico forense en presencia de la guardia civil.
...Un intenso y deslumbrante rayo de sol iluminó el rostro sonriente del cadáver que yacía en el suelo de la habitación 124.
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->
